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De regreso al sur: el retorno de los migrantes de la caravana que no aguantan y se ven obligados a volver a su país

Publicado el 29 de noviembre de 2018
por Isaias Alvarado en Univision

Un duro viaje de 42 días en el lomo de ‘El Diablo’, la nueva ruta de tren que toman los migrantes en su camino hacia Estados Unidos, padeciendo hambre y frío en albergues de la frontera, finalmente terminó para el hondureño Melvin Villanueva. Su ‘sueño americano’ se acabó al subirse la mañana de este miércoles a una furgoneta que se estacionó frente al improvisado campamento que ya alberga a más de 6,000 inmigrantes de la caravana de centroamericanos en un centro deportivo de Tijuana.

La época de Navidad que se avecina doblegó a Melvin. Dice que soportó las pésimas condiciones en las que ahora se encuentra la unidad deportiva Benito Juárez, que alcanzó su máxima capacidad entre enfermedades, sanitarios portátiles desbordados y un enorme charco de agua sucia que crece cada vez que alguien se ducha. Pero lo que lo hizo decidir regresar fue el deseo de pasar con los suyos las fiestas de fin de año.

“Me voy derrotado porque no hay nada de ayuda. Hay que esperar seis meses para que te den asilo. Tienes que aguantar hambre y frío aquí”, dice con tristeza este hombre de 30 años antes de abordar un vehículo con tres filas de asientos del Instituto Nacional de Inmigración (INM), la agencia mexicana equivalente al Servicio estadounidense de Inmigración y Aduanas (ICE).

“Toda esta gente no aguantará y regresará a su país”, pronostica con un poco de pesimismo este centroamericano viendo por última vez el lugar que le dio cobijo durante dos semanas. Deja atrás recuerdos no tan buenos y sufrimiento. Cuando salió de su país no pensaba que la pasaría tan mal en México, ni que EEUU le cerraría la puerta colocando alambres de púas y militares. “Yo quería trabajar y salir adelante”, cuenta.

“No se pudo, pero cuando salga otra oportunidad volvemos”, prometió.

La furgoneta del Instituto Nacional de Inmigración (INM) recoge en Tijuana cada día a los migrantes de la caravana que quieren retornar a sus países.Crédito: Isaias Alvarado

A las 9:57 am cerraron las puertas del vehículo del INM que se llevó a Melvin y a ocho hombres más. Se fueron bromeando sobre el final de su periplo. “¡Vaaaamonoosss!”, gritó un funcionario migratorio para ordenarle al chofer del auto iniciar su marcha.

No hay cifras precisas sobre la cantidad de personas que han decidido retornar a sus comunidades de origen, pero se sabe que aún son más los que siguen llegando a Tijuana. Este lunes, las autoridades reportaron el regreso de 105 centroamericanos, quienes fueron transportados en un avión de la Policía Federal hasta el aeropuerto de la Ciudad de México, para desde ahí continuar su viaje en autobuses. Al mismo tiempo, unos 150 migrantes arribaron a la unidad deportiva Benito Juárez provenientes de Mexicali, la última estación del tren apodado ‘El Diablo’.

“No se pudo”, lamentan

Luis Pavón también decidió ponerle fin a un recorrido que inició en San Pedro Sula hace más de un mes. Él se unió a la caravana migrante pensando en que “iba a tener otra vida para mí y para mi familia en Estados Unidos”. Pero este miércoles ese anhelo se acabó con la frase “no se pudo” que repiten los que ya se van. “Yo no pensaba que iba a estar tan duro”, dice este hombre de 30 años que viste una gorra que dice ‘Tamaulipas’ y una sudadera percudida que ya tiene varios rotos.

Recostado en una ambulancia, Luis cuenta que en su país dejó a su esposa y dos hijos de 3 y 2 años. Quería traérselos una vez que lograra establecerse en Virginia, donde lo esperaban sus amigos. Pero ese plan fracasó. Hace dos días en su cabeza comenzó a hacer ruido el “ya vente” que le decían todos sus familiares cada vez que hablaba con ellos por teléfono.

Se austaron aún más cuando vieron en las noticias las imágenes de madres y niños en pañales escapando de las bombas de gases lacrimógenos en la frontera este domingo. “Me decían que me regresara, que aquí andan secuestrando y golpeando”, mencionó.

“Están bien feas las cosas, está bien cabrón. El presidente Donald Trump no resuelve nada. Y en el albergue casi no hay agua, la comida se está agotando. También está brotando un virus. Me voy para no complicarme la vida”, justifica su partida.

Luis, quien en su país se ganaba la vida vendiendo mariscos en la calle, asegura que no puede regresar a su comunidad por las amenazas que recibió de pandilleros. No da detalles. Solo comparte que es un asunto “delicado” y por eso implora que no se le tomen fotos en las que salga su rostro. Quienes lo sentenciaron a muerte lo pueden reconocer y cumplir su venganza, advierte. “Voy a otro lugar de Honduras, porque me pueden matar”, afirma.

Un miembro de la pandilla MS-13 observa a una patrulla de la policía que pasa frente a su casa en San Pedro Sula, el 29 de septiembre de 2018. Las pandillas centroamericanas se formaron a mediados de los años 80 principalmente en Los Ángeles. Fueron fundadas por inmigrantes centroamericanos, la mayoría salvadoreños, que huyeron de su país en guerra y se instalaron en barrios californianos llenos de pobreza, crimen y tráfico de drogas.Crédito: GORAN TOMASEVIC/Reuters

Un albergue a punto de colapsar

Decir que el campamento al que sigue llegando la caravana migrante está en pésimas condiciones suena como un eufemismo. Desde hace varios días se volvió un foco de infección y la Secretaría de Salud de Baja California ya lo confirmó esta semana: el hacinamiento al aire libre ha provocado enfermedades respiratorias, piojos y alergias en la piel a varias personas que están ahí. Para no contagiarse, la mayoría de los empleados municipales y policías usan cubrebocas.

La dependencia señala que ha brindado más de 2,200 consultas médicas en el sitio, incluyendo la atención a 34 mujeres embarazadas.

“Imagínate tener a más de 6,000 personas en un solo lugar. Es imposible. Se hace lo humanamente posible”, dijo a Univision Noticias, César Palencia Chávez, director de Atención al Migrante del ayuntamiento de Tijuana.

La situación se ha vuelto tan crítica, que los trabajadores del municipio han aceptado donar jornadas laborales para que la situación no se salga de control en este enorme refugio, dijo el funcionario.

“Ninguna ciudad del mundo está preparada para esto”, mencionó Palencia Chávez, quien fue entrevistado entre cientos de carpas que instalaron los migrantes para protegerse de las frías noches tijuanenses. El ayuntamiento calcula que cada día debe desembolsar unos 25,000 dólares para mantener en pie este sitio que está a punto de colapsar.

“No se podría sostener esto quizás durante tres o seis meses más. Es muy incierto”, advierte el director.

Los que se quedan en Tijuana

A pesar de estas duras condiciones, la gran mayoría prefiere aguantar lo más que pueda, incluso cuando han dejado de pensar en pedir asilo a EEUU. Uno de ellos es Cristopher Zepeda, un hondureño de 22 años que este miércoles comenzó a tramitar un permiso para trabajar legalmente en México.

“Me gustaría trabajar de jardinero o de albañil, eso hacía yo en mi país”, contó. Según él, quienes se quedan esperando lo que les dan militares y organizaciones civiles, terminan “aguantando hambre”.

Cristopher lleva seis días sin bañarse, solo tiene el pantalón vaquero y el suéter que trae puestos.Las suelas de los tenis que lo acompañan desde que se unió a la caravana hace más de un mes han cedido. “Ya no sirven”, dice mientras levanta su calzado para mostrar las amplias aberturas y los agujeros.

Chirstopher Zepeda decidió quedarse trabajando en Tijuana. Crédito: Isaias Alvarado

Este hondureño relata que huyó de su país un tanto por la violencia, pero también por la falta de oportunidades. Tijuana, dice él, se ha vuelto su nuevo lugar ideal. Ahora sueña con ganar un sueldo y alquilar un apartamento para alejarse de su dura realidad. “Hay muchas personas que están pidiendo asilo y eso es esperar mucho tiempo. Yo no quiero estancarme”, advierte.

El mismo plan tiene José García, un salvadoreño de 44 años, quien ya comenzó el trámite para obtener un documento que le permita trabajar en México. El problema es que le falta entregar unas fotografías y no tiene los 150 pesos para obtenerlas. “Me gusta Tijuana porque hay trabajo,aquí es donde pienso hacer algo”, dice.

Los conocimientos que obtuvo cocinando en un restaurante de comida mexicana en Los Ángeles, California, los piensa aplicar en este lado de la frontera. “No me muero de hambre. Yo vine a trabajar”, insiste.

“Este lugar no es para pasar Navidad”

El guatemalteco Alexander Orellana, de 24 años, aguantó 15 días en el campamento y asegura que se habría quedado más tiempo ahí, pero no pudo con la soledad. “Me voy por mi familia. Prefiero pasar con ellos este fin de año. De mi parte hubiera seguido, pero ellos me pidieron que regrese”, señala.

Cuando se le pregunta cómo habría sido pasar una Navidad en la unidad deportiva Benito Juárez, el joven de inmediato hace una mueca: “Este lugar no es para pasar Navidad”.

Alexander menciona que se va “feliz” y que su viaje hasta la frontera fue ligero: no tuvo que caminar porque usó autobuses, taxis y pidió aventones en las carreteras. “Todo perfecto”, asegura sobre el trayecto. “Pero mi familia a diario me pide que me vaya, yo he sido el terco que no se quiere ir”.

Alexander Orellana dice que prefiere volver a su país para pasar Navidad con los suyos y volver a intentarlo el otro año.Crédito: Isaias Alvarado

Él tiene cinco hijos, de entre 2 meses y 8 años. Su plan es pasar la cena navideña en casa de su madre en Honduras y después irse a Chiapas, donde ha vivido los últimos años. Por ellos se vino al norte. “Quería llegar a Estados Unidos, tener un empleo, mandarle dinero a mi familia, pero no se pudo”.

Promete volver a buscar el ‘sueño americano’ a partir del 5 de enero. Ya hizo trato con un coyote. No quiere unirse a otra caravana, para no volver a quedar varado con una multitud en la frontera. “Estoy anotado en todas las listas, también en la que pide asilo, pero no hay nada”, lamenta.

Antes de salir por última vez del campamento de migrantes, Alexander entregó la colchoneta y la cobija que le dieron en el camino a la primera persona que vio. “Se las regalé a una niña”, dice.

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